jueves, 17 de enero de 2013

De vicio a suplicio



Buenas y frías. Si, vuelvo yo de nuevo. No, a Mary Caves no se la ha tragado la tierra. Tampoco está de retiro espiritual, como solemos hacer en otras ocasiones. Está de retiro atlético. Si, con este frío y todo. Lo que a mí me da mucha pereza, a ella le debe motivar. Yo este año, aún ni lo he intentado, para que nos vamos a engañar. Aunque dicho sea de paso, el que vive engañado es Clark, porque cree que servidora emula a Marta Domínguez cada tarde de lunes a jueves. La emula en lo de correr, no en lo de la Operación Galgo. Que a mí los animales, poco y de lejos. Defecto o virtud. Todo depende de quién lo mire.


El caso es que corría el año 2011. Noviembre. Vir decidió volverse deportista para volverse progresivamente más delgada. Por ello adquirió un equipo de running, olvidándose de lo esencial, las zapatillas y como no, los calcetines sin costuras. Y allá que fue la tia camino el río. Si, el río, no del río, que se lo que me digo. Con mis mallas reflectantes, aunque no era de noche, con mi camiseta y mi forro polar a juego y con mi chaqueta de cuando cursaba la E.S.O. También llevaba una braga rosa con dibujos monísima. Hasta ahí, todo bien, más que bien, porque como comprenderéis había cosas que me sobraban a los dos minutos de empezar a correr. Digo dos minutos porque la carrera total sería de unos 7, entonces tengo que elegir un minutado proporcional a mi total.

El problema. El gran problema. Del escaso total y de lo que vino después, era la mala elección de zapatillas. Sí, también eran de la E.S.O. De la E.S.O y de la huerta. Porque toda aquella ropa deportiva y complementos, una vez finalizado el instituto, fue relegada a mis días de plantar. Porque yo planto. Pero eso ya os lo cuento otro día, que si no nos vamos a liar. A lo que iba, que una vez finalizados los 7 minutos que a mí me parecieron 70, y en los que se me nublo la vista, perdí el equilibrio y se me salió un pulmón y medio corazón por la boca, me di cuenta de que en mis calcetines había manchas de color. Sí, era sangre. Sí, rozaduras. Con lo malísimas que son, que mi madre se pasa la vida diciéndome que un señor de aquí, del centro de La Sagra, falleció por tenerlas. Y claro, yo no quiero fallecer y menos por unas rozaduras. Así que por eso, y por otras cosas de mucho menos peso, decidí abandonar el running hasta tener zapatillas nuevas.

Y como véis la espera es larga. Y dura. Y fría. Y sobre todo, y para que os voy a engañar, hoy que me he levantado sincera, me da uuuuna pereeeeeza. Más que escribir en mi smarfón. Además, ya os dije el otro día que soy un espíritu libre. Aventurera. Arriesgada. Una freelance de la vida. Pero cuando quiero, y no quiero, porque como hace un frío polar, y no me gusta que se me congelen las velas ni se me pongan rojas las orejas, porque no es porque me besas, es por el frío, que no es igual, porque además parezco un elfo monguer de Santa, y ya no estamos en temporada, que por si no lo sabéis se acabo la Navidad, incluso en casa de mi hermana, que es muy dada a eso de prolongar.

Lo que yo necesito para correr, y aprovecho para pedirlo desde aquí, por si alguien se ofrece, es un coche escoba, o una moto, o una bici o lo que sea. Un algo, que me lleve bebidas isotónicas o agua en su defecto, barritas energéticas o un bocadillo de jamón. También los kleneex, y si puede llevarme un w.c, por si las moscas, pues mejor que mejor. Cosas insignificantes pero esenciales para una carrera confortable y llevadera. Porque una vez que llego al final del camino el río -sí, es cuesta abajo, que pasa-, yo  necesito esas cosas, y claro, brillan por su ausencia. Y yo somatizo. Y somatizo aún más cuando se que todavía me queda el camino de vuelta –ese ya andando-, para llegar a mi sofá. Y lloro al cerciorarme de tal distancia. Y sí, encima cuesta arriba. Y me sobra la chaqueta, y el forro polar y la braga. La del cuello, la otra, no me sobra nunca, que yo tengo como máxima el archiconocido por algunas, pasado por alto por otras, “hagas lo que hagas, ponte bragas”. Y también me sobra el pelo. Y me pesa más el reloj, que no se para que lo he llevado, porque ni me cuenta las calorías que he perdido, ni me dice que ruta he hecho, ni mis pulsaciones, ni nada. Me da la hora, nada más. Encima me la da mal, porque según mis cálculos corro muchos minutos más de los que él me muestra.

Pues bien, una vez salvadas las distancias entre mi muerte y mi sofá, todo es genial. Y contraproducente por demás. Es llegar a mi sofá y tirarme en él como si no hubiese mañana, levantándome única y exclusivamente para atracar la nevera. Esto que no llegue bajo ningún concepto a los oídos de Clark. Si llega, mi disco no será de amor, sino de desamor y lo tendré que titular algo así como “Se flaca por amor”. Claro, seguirá siendo dedicado a Clark, a quién sino. Pero es que no entiende que mi criptonita es el jamón. Si, también el lomo, y el fuet, y el salchichón.

A estas alturas del post ya estaréis enterados de que mi compi y yo somos un poco como el ying y el yang. Mary es el bien, la fuerza de voluntad. La de la mente sana, cuerpo sano. Lo diría en latín que queda mejor, pero quizá solo lo entienda yo. No porque seáis monguers, que ya sé que no, es porque seguro que la que lo dice mal soy yo. Y Vir, osea yo, es el mal, residente en el lado oscuro, nº8 esquina con Mordor, paralela a Narnia. La de la pereza, la de dejar para mañana lo que pueda hacer hoy, la de la siesta, y la fiesta. Pues eso, la de los despropósitos.

Chin, chin…

PD: Admito sugerencias sobre zapatillas… Que tengo que empezar con el running ya. Por Clark. Por amor. "Se runner por amor".

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